Le sac ya estaba preparado para recogerlo, pero el perro se adelantó. Es una escena desagradable y, a veces, preocupante para muchos dueños. Que un perro coma heces, o coprofagia, no significa por sí solo que tenga una carencia alimentaria. Sin embargo, comprender las causas y aplicar medidas adecuadas puede mejorar la convivencia y la salud del animal. Lo más útil es limitar las oportunidades de acceso a las heces, comprobar si existe un problema de salud cuando este comportamiento aparece de forma repentina o viene acompañado de otros síntomas, y enseñarle al perro una conducta alternativa sencilla y práctica.
Por qué lo hace: varias posibilidades, no un diagnóstico automático
El interés que los perros tienen por los olores es mucho mayor que el de las personas. Explorar el entorno con la nariz es parte fundamental de su forma de aprender y de interactuar con el mundo. En este sentido, la coprofagia puede originarse por curiosidad, por la atracción que generan los olores intensos o simplemente como un hábito aprendido. Algunos perros descubren este acto y, si no se corrige a tiempo, puede convertirse en un hábito persistente.
Además, el fácil acceso a las heces puede facilitar que el perro desarrolle esta conducta, por ejemplo, en hogares con varios animales o en zonas donde no se limpian a tiempo los excrementos. Por otro lado, problemas digestivos, malabsorción, deficiencias nutricionales o enfermedades que alteran el apetito también pueden estar detrás de este comportamiento, aunque no son la causa más frecuente.
Los veterinarios de VCA describen estas posibles causas de coprofagia y subrayan la importancia de valorar cada caso con criterio, sin apresurarse a diagnosticar ningún trastorno evitando alarmismos innecesarios.
Para facilitar este diagnóstico inicial, conviene observar cuidadosamente si el perro ingiere sus propias heces, las de otros animales domésticos como el gato o si consume las que encuentra fuera de casa. También es útil anotar desde cuándo ocurre esta conducta, con qué frecuencia, si existen cambios en el peso, el apetito o la consistencia de las deposiciones. Es especialmente importante estar atentos ante signos como hambre inusual acompañada de pérdida de peso, diarrea persistente o decaimiento generalizado, ya que estos podrían ser indicios de problemas de salud más graves y requerirían una consulta veterinaria inmediata.
El primer avance se consigue en el momento de recoger las heces
En el jardín o zonas habituales de esparcimiento, la mejor estrategia es acompañar al perro y no dejarlo suelto en áreas donde existan heces antiguas o frescas. Cuando el perro termina de hacer sus necesidades, llámalo a unos pasos y prémialo por acudir a ti, reforzando así otro tipo de conducta alternativa más apropiada.
Después de esto, es fundamental recoger los excrementos cuanto antes. Para facilitar esta tarea, sobre todo al principio, puede ser útil contar con la ayuda de otra persona. Durante los paseos, utilizar la correa permite controlar la distancia del perro respecto a las heces en el suelo sin necesidad de perseguirlo o generarle estrés.
Es importante evitar intentar arrancarle las heces de la boca mientras corre, ya que esto suele empeorar la situación. Cuando el perro se siente “perseguido”, puede tragar el excremento más rápido, lo que complica la corrección del comportamiento. También es contraproducente gritar o restregar su hocico en las heces, ya que estas acciones no enseñan qué debería hacer en lugar de comerlas, sino que generan confusión y malestar. Otro consejo fundamental es no meter la mano en la boca del perro para evitar el riesgo de un mordisco accidental.

Enseñarle a apartarse, empezando lejos de las heces
Una de las estrategias de adiestramiento más efectivas para evitar la coprofagia es enseñar al perro a apartarse de objetos o sustancias no deseadas mediante el uso de una orden sencilla como “deja” o “no”. Este entrenamiento debe comenzar en un entorno tranquilo, alejado del estímulo fuerte (en este caso, las heces), y con un objeto poco atractivo para facilitar el aprendizaje.
Coloca el objeto o muestra el estímulo fuera del alcance del perro, y en cuanto gire la cabeza hacia ti, marca ese gesto con una palabra breve y clara (por ejemplo, “sí” o “muy bien”) y prémialo inmediatamente. De esta forma, el perro empieza a asociar alejarse o apartar la atención de algo con recibir una recompensa positiva.
Cuando la respuesta sea consistente, incorpora la orden verbal que usarás siempre, y poco a poco aumenta la dificultad aproximándote más a las heces y disminuyendo la distancia. Es importante que el ejercicio no comience directamente frente a las heces, ya que la tentación podría ser demasiado fuerte para un perro que todavía está aprendiendo.
Si en algún momento el perro se queda fijado y no responde a la orden, es recomendable tirar suavemente de la correa para interrumpir esa fijación, dejar de ofrecer premios y alejarse, evitando repetir la orden constantemente, lo cual puede producir frustración en el animal. Tener pautas claras para paseos más tranquilos y seleccionar recompensas adecuadas —que motivan al perro y son fáciles de administrar en movimiento— puede hacer la diferencia en la efectividad de este entrenamiento.
Si el objetivo es la bandeja de arena del gato
Cuando el perro se centra en la bandeja de arena del gato, es fundamental mantener esta zona inaccesible para el perro pero sin complicar la vida del gato. La convivencia armónica requiere buscar un equilibrio: una separación física adecuada acorde al tamaño y la personalidad de ambos animales suele ser suficiente para impedir el acceso del perro sin estresar al felino.
Al mismo tiempo, es importante asegurarse de que el gato sigue usando su caja con normalidad, ya que cambios en el lugar, en la ubicación o en las condiciones pueden provocar que el gato deje de usarla regularmente, lo cual agravaría la situación para ambos. Por ello, no es recomendable mover la bandeja a un lugar ruidoso, oscuro o difícil de alcanzar solo para resolver el problema del perro.
Por último, recoge las heces con regularidad, manteniendo la bandeja limpia para minimizar el estímulo. Si además el perro aprovecha para comer el pienso del gato, es importante revisar ambos accesos simultáneamente, evitando que el perro alcancé tanto la bandeja como el comedero del gato. En estos casos, también puede ser útil observar los puntos claves a vigilar cuando un perro come las croquetas del gato para aplicar las medidas adecuadas.
Ananá, enzimas o complementos: ¿merece la pena probarlos?
En el mercado y en la prevención casera de la coprofagia existen recomendaciones variadas, incluyendo el uso de piña (ananá), enzimas digestivas o suplementos especiales. Sin embargo, ningún añadido improvisado sustituye una gestión adecuada del control del acceso a las heces ni una búsqueda rigurosa de una causa real del comportamiento.
No debe considerarse el ananá como un tratamiento demostrado contra la coprofagia, ya que la evidencia científica es limitada o inexistente al respecto. Asimismo, si piensas en modificar la dieta o añadir suplementos, es fundamental consultarlo antes con el veterinario, especialmente si el animal sigue una alimentación específica o tiene problemas de salud previos.
Las heces pueden contener agentes infecciosos, bacterias o parásitos, por lo que conviene hablar con el profesional sobre las estrategias de prevención más adecuadas según los hábitos del perro y el entorno en el que vive. Además, lavarse las manos después de limpiar es una medida básica para evitar zoonosis y asegurar la higiene para todos.
Para valorar la efectividad de las medidas implementadas, lleva un registro de las ocasiones en que has logrado evitar la coprofagia y de los progresos en el comportamiento general del perro. Incluso una semana sin persecuciones y con una recogida sencilla de excrementos ya supone un avance útil que merece ser valorado positivamente.
Conclusión
La coprofagia en perros es un problema frecuente, que suele generar preocupación entre sus dueños. Entender que no se trata necesariamente de una carencia alimentaria o un trastorno grave es un primer paso para abordarlo con calma y eficacia. Observar con atención su comportamiento, restringir el acceso a las heces, reforzar conductas alternativas mediante el adiestramiento positivo y consultar al veterinario cuando sea necesario son las claves para manejar esta situación.
La paciencia y la constancia en la aplicación de estas medidas permiten mejorar la calidad de vida del perro y facilitar una convivencia más saludable y placentera para toda la familia. En definitiva, la coprofagia puede controlarse muy bien si se actúa precozmente y con un enfoque adecuado.
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